BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 
 

BENITO JUÁREZ

 

INTRODUCCIÓN

 

Con el tiempo se modifican las ideas. Antaño, sólo eran grandes hombres aquellos que en los campos de batalla cosechaban victorias y se elevaban a la categoría de semidioses; y aun a la de dioses, a los conquistadores incontrastables.

En nuestra época somos más exigentes: pagamos todavía tributo de admiración al soldado que vence, y aun a aquel que, si no alcanza el triunfo, al menos sabe caer envuelto en el manto de la gloria; pero ya no bastan el valor, la ciencia militar y el buen éxito para que consagremos la memoria del héroe, sino que indagamos el móvil que le guió, la causa que le sirvió de bandera y las trascendencias de su triunfo en favor de su patria o de la humanidad.

Es que junto al hecho buscamos el derecho y no nos entusiasma la fuerza sino cuando va unida a la razón.

Y no es al soldado al único que consideramos grande, sino que discernimos el glorioso dictado también, y aun de modo preferente, a quienes jamás empuñaron las armas y sin ellas realizaron conquistas menos aparatosas, pero más efectivas, ensanchando las esferas de la ciencia, procurando mayor bienestar a la sociedad, rompiendo algún eslabón de los que atan la libertad del hombre; y medimos su talla por lo que hay de verdadero, de útil, de trascendental y de perdurable en la obra que sirve de pedestal a su grandeza, pues creemos, como Séneca, que para poco nació quien sólo aprovecha a las gentes de su tiempo.

Si nos circunscribimos a la esfera política, encontramos que sólo es verdaderamente grande el hombre que tiene un corazón recto al servicio de un espíritu ilustrado, y consagra corazón y espíritu a una causa noble.

Por eso no es Pericles para nosotros lo que fue para los griegos, ni César lo que fue para los romanos. Son y serán siempre hombres superiores a sus contemporáneos y notables por más de un concepto; pero no grandes hombres, porque más los movió la ambición personal y la vanidad que el amor patrio, o el de la ciencia, o el de la humanidad; y al estudiarlos a fondo, notamos en ellos tales defectos, que tenemos que refrenar el entusiasmo que despiertan sus grandes hazañas.

Napoleón es uno de los colosos del género humano. En él se encuentra todo lo que es alto y todo lo que es profundo. Pero en esa línea característica, o de características, que se eleva desde la sima a la cima, hay una solución de continuidad. Falta en él, como en Alejandro, como en Perikcles, como en César, el hombre digno de estimación, aquel que, en materia del deber, tiene en cuenta el suyo más bien que el de los otros; y en materia de derecho, más que el propio toma en consideración el ajeno.

Porque yo creo con el Duque de La Rochefoucauld, que la gloria de los grandes hombres debe siempre medirse por los medios de que se sirvieron para adquirirla; y creo también que por más grande que sea una acción, no debe pasar por grande cuando no es el resultado de un gran propósito. El Continente Americano presenta, si no los tres únicos verdaderos grandes hombres que registra la historia, al menos, los tres más excelsos y perfectos de los modernos tiempos: Jorge Washington, Benito Juárez y Abraham Lincoln, sublime trinidad del patriotismo puro, de la virtud acrisolada, de la energía sin desfallecimiento, de la fe sin vacilaciones, de la política sin amaños,de grandeza sin ostentación; puros en su vida pública, puros en su vida privada; admirados como funcionarios, respetados como ciudadanos; que no reconocieron para ellos mismos más derechos que el derecho de cumplir con su deber.

Bretonneu dice que la parte más importante de un hombre no es su fortuna, ni su saber, ni su talento, sino su carácter.

Esa sentencia es de una exactitud rigurosa; el carácter es lo que nos da la verdadera medida de un hombre, es lo que debemos buscar, para aquilatar científicamente su mérito en el fondo del crisol en que funde el historiador hechos, ideas, costumbres, pensamientos y palabras; es decir: toda la existencia, todas las manifestaciones de la vida del hombre que se analiza.

Y pocos de los seres que aparecen como conductores de la Historia, ya con el carácter de apóstoles, ya con el de héroes, ya con el de legisladores, o con cualquiera otro, pueden resistir a esa prueba, y resultar en el crisol como una masa homogénea, de metal purísimo, sin escorias de ninguna especie, tales como los vemos en Juárez, en Lincoln y en Washington.

Fueron tres caracteres idénticos en el fondo, distintos en la forma, en virtud del medio y de la raza. Tres caracteres de una pieza.

Son quizás los tres hombres que han pasado a través de la política sin mancharse. Verdad es que también atravesaron el pantano de la existencia sin salpicarse de lodo.

Son la gloria de América; son la honra de la humanidad.

Todas las alturas son relativas: la playa comparada con el mar; la roca comparada con la playa; la colina comparada con la roca; la montaña comparada con la colina.

Pero esa Trimurt del Continente americano tiene una excelsitud absoluta. Cada una de las personas que la componen es grande en si y por sí, sin relatividad alguna. Están sobre todo y sobre todos. Sus virtudes concretas constituyen magnitudes abstractas.

La onda amarga de la calumnia se estrella bajo sus plantas; el vapor de la sospecha, levantado por el viento de la perfidia, apenas asciende hasta sus tobillos. Sus frentes irradian majestuosas y serenas en el espacio infinito, más allá de donde pueden llegar la adulación y el vilipendio, el himno y la maldición, el amor y el odio. Porque hasta allí no asciende nada de lo humano, y sólo hasta allí desciende todo lo que es divino.

«¿Qué es una gran vida?» preguntaba Alfredo de Vigny, y él mismo se respondió: «Un pensamiento de la juventud realizado en la edad madura»

Es buena la definición; pero no está completa.

Yo me atrevería a enmendarla, diciendo: «Es un noble pensamiento de la juventud realizado noblemente en la edad madura»

Y conforme a esa sentencia, la vida de Juárez fue una gran vida.

El ideal que concibió Juárez desde la juventud fue concluir, de una vez para siempre, con el repugnante régimen teológico-militar que pesaba sobre su patria como una maldición bíblica. A la consecución de ese ideal consagró toda su vida.

Abandonó el seminario para entrar en la escuela laica; dejó la teología para estudiar el derecho; apartó la vista de la metafísica para fijarla en la vida real y positiva. No pensó en redimir aá la humanidad, que para ello carecía del cinismo de los que se pretenden enviados de Dios o hijos de la divinidad; pensó en redimir a su patria, porque sintió en sí la fuerza necesaria para luchar a todo trance, para arrostrar todos los peligros, para sufrir los martirios.

Adivinó desde temprano que estaba predestinado a la lucha, y para aprender a vencer a los demás, empezó por vencerse a sí mismo, dominando todas sus pasiones hasta enseñorearse de ellas por completo. Ese predominio sobre su persona llegó hasta el punto de hacer que su cuerpo fuese insensible aun a las necesidades más imperiosas, sin llegar a la anulación que alcanzan los fakires de la India en sus profundas abstracciones, y en la aspiración constante al nirvana que constituye el fondo de sus ideas religiosas. Por lo contrario, Juárez fue un hombre eminentemente práctico y consagró su vida política al estudio de la realidad inmediata, abandonando de un modo absoluto cuanto significaba especulación metafísica.

Jamás se resignó; aceptaba lo inevitable, reconocía la fuerza del hecho consumado; pero sin cruzarse de brazos, sin creer que estaba dicha la última palabra. Muy lejos de eso, seguía meditando y preparándose para la lucha que pensaba emprender de nuevo, creyendo en la doctrina de la evolución, con la seguridad de que el mal no puede constituir nunca un sistema perdurable.

Odió por instinto todas las tiranías, ya estuviesen instituidas en nombre de la necesidad, de la ley o de la religión, y las combatió por convicción profunda, después de un maduro examen.

Creía, con Fourier, que el vicio de todos los pretendidos reformadores consiste en acusar tal o cual abuso, en vez de acusar la civilización entera, que no es más que un círculo vicioso de abusos en todas sus partes; y por eso intentó una reforma radical en todos los ramos.

Sabía, como la Asamblea nacional francesa de 1789, que rara vez puede un pueblo, cuando es pobre, conocer más condición que la de la servidumbre; que no puede tener el entusiasmo de la libertad cuando no tiene nada que defender, cuando lucha sin tregua contra la necesidad, y una desigualdad monstruosa de rango y de fortuna no le deja ver en los lotes de la vida más partes que la abyección y el orgullo, la miseria y el lujo; y creyó, con San Pablo, que aquel que labra la tierra debe labrarla con esperanza de cosechar; y aquel que muele el grano, debe hacerlo con la esperanza de que le toque parte, y quiso borrar el «Síc vos non vobis...» más espantoso que el «Lasciati ogni Speranza»

Por eso proclamó y defendió la libertad, todas las libertades, y quiso asegurar al pueblo el pan de la inteligencia por medio de la instrucción pública, laica y gratuita, sin cortapisas de ninguna especie, y el pan del cuerpo, por medio del trabajo libre, admitiendo, con Pitt, que todo hombre tiene derecho a su subsistencia en cambio de su trabajo; y si creyó, como Puffendorff, que la nación debe la subsistencia a todos los ciudadanos, fue estableciendo que no ha de concederla a título gratuito, que ese es modo de esclavizar y degradar, volviendo a las teorías providenciales; sino que tal cosa debe hacerse armando al niño y al joven para la lucha por la vida, lo más temprano, más pronto y mejor, dejando ampliamente abiertos todos los senderos de la actividad humana; rompiendo toda barrera de castas, de condiciones sociales, de sectas y de partidos; y proclamando que el derecho al trabajo es aquel que tiene lodo hombre de vivir trabajando.

Juárez fue un revolucionario. No hay que repugnar el término, que en eso estriba su mayor gloria. Juárez fué un revolucionario, no un autor de motines, ni un conspirador solapado. Revolucionó en la esfera de las ideas, como revolucionó el Cristo, anatematizando el mal y predicando el bien. Revolucionó estableciendo la ley y manteniéndola. Revolucionó como Washington, para hacer libre e independiente a su patria; como Lincoln lo hizo para dar libertad a seis millones de esclavos y elevarlos a la dignidad de ciudadanos, lavando con su sangre de profeta, de apóstol y de mártir la mancha de oprobio que eclipsaba el fulgor de la constelación que irradia en el cielo de su bandera.

Porque se revoluciona en nombre de la sociedad, cuando el poder es opresor; y se revoluciona en nombre de la ley, cuando la sociedad es tiránica; que tanto se oprime de arriba para bajo, como de abajo para arriba.

Si la libertad es el estado fisiológico de un pueblo, y la licencia es su estado patológico, no debe buscarse el remedio en el despotismo, por el cual se elimina la enfermedad, pero sacrificando al enfermo, sino por medio del orden fundado en la ley, y la ley fundada en la dignidad y en las necesidades humanas. Eso fue lo que hizo Juárez.

Todo lo intentó y todo lo realizó. Llevó la zapa demoledora por todas partes, y removió hasta los cimientos del formidable edificio medioeval. Pero al mismo tiempo, y esto es lo que forma de él una personalidad única en la historia de la humanidad, llevó la trulla reconstructora y levantó el soberbio capitolio de la moderna patria. Redimió la conciencia, en el orden religioso, al proclamar la libertad de cultos; en el orden político, estableciendo la libertad de la prensa; en el orden social, estableciendo la libertad de enseñanza. Frente al pulpito levantó la tribuna de la razón sincera; frente a la metafísica, la ciencia de comprobación; frente a Roma, México.

Redimió al hombre, convirtiéndolo en ciudadano. En su nivelación social no hizo descender al abismo a los que se enseñoreaban de la cumbre, sino que elevó a los caídos y hollados para llevarlos a la región que era patrimonio de los privilegiados. Suprimió los fueros del clero y del militar. Sometió el derecho canónico al derecho común, para cuanto se relacionaba con la vida pública, e hizo que la espada en vez de pesar sobre la ley, fuese la servidora del derecho. Apagó el rayo de Jehová y rompió el acero del Breno.

Creó el estado civil. En lo adelante el Estado registró el nacimiento y la defunción; presidió el matrimonio, no para santificarlo, sino para dignificarlo; y fue y es el único competente para resolver en materia de divorcio.

Cegó las tinajas de Ulúa, esos calabozos inquisitoriales donde se pudría el cuerpo, y clausuró los conventos, esos ergástulos del fanatismo donde se corrompía el alma.

Dictó la ley de manos muertas, devolviendo al César la sociedad, lo que era del César; desestancando el Pactolo de tanta riqueza que era aprovechada por el clero en su obra de obscurantismo, de servilismo, en sus reacciones contra la libertad, en sus atentados contra la independencia. Estableció el derecho civil y el derecho penal sobre bases modernas; organizó la hacienda hasta donde lo permitieron la penuria y las convulsiones políticas; estableció las bases del progreso material; moralizó la administración pública en todos sus ramos; erigió al pueblo en soberano para el ejercicio del derecho electoral, y respetó ese voto legalmente emitido como una ley suprema; reconoció la esfera de acción trazada por la Carta Magna a cada uno de los poderes orgánicos que constituyen el Gobierno; hizo de la Patria un dios; de la libertad un lábaro; de la Constitución una biblia, y pensó, luchó, venció y vivió por y para la Patria, la Libertad y la Constitución.

Su lema fue: «El respeto al derecho ajeno es la paz»; sublime programa para el individuo y para la sociedad; porque allí donde todos respetan los derechos de los demás, todos cumplen con su deber; y donde todos cumplen con su deber, nadie lesiona el derecho de otro, y se suprime el delito, quedan abolidos los disturbios, no hay lugar a controversias civiles y se hacen casi imposibles las cuestiones internacionales.

Juárez predicó con la palabra y con el ejemplo. Fué el hombre más consecuente en sus actos con los principios que proclamaba.

La muerte lo sorprendió a la hora del triunfo; cuando el edificio por él ideado y construido se elevaba desde los cimientos hasta la cúpula. Faltaban detalles, pero no conjunto; faltaba ornamentación, pero no solidez.

Y cayó sereno, estoico; la muerte lo recibió, no lo recogió. Fué grande hasta para morir.

La muerte es una ley, y aquel hombre, acatador de la ley, la respetó sin protesta alguna.

Ese fue el Thanatos athanatos glorioso de los griegos, la muerte sin muerte, el único escalón que le faltaba para llegar al templo de la inmortalidad.

No diré: ¡Tal fue Juárez! porque Juárez no fue sino que es y será por todos los tiempos que guarda en su seno lo porvenir.

¿Que nuestro fallo es prematuro? ¿Que nos adelantamos al Tribunal Supremo de la Historia, que es el llamado a fallar en definitiva? Esas opiniones son absurdas.

¿Cuándo se convoca a ese Tribunal? ¿Quiénes han de ser los magistrados que lo integren?

La historia comienza desde que comienza el hecho, y desde entonces se inicia el juicio contradictorio.

La muerte no es motivo de sobreseimiento; por lo contrario, en virtud de ella se eleva el proceso a la segunda instancia, y se oye, como testigo, a la generación contemporánea, con sus apasionamientos favorables y desfavorables, y a la generación que sigue, con sus votos de gratitud o sus imprecaciones de odio; y a la subsecuente, con su experiencia, su serenidad y sus conclusiones filosóficas.

En ocasiones el juicio es más breve y causa ejecutoria el fallo en la primera instancia. Washington tuvo la apoteosis durante su vida; Lincoln inmediatamente después de su muerte.

Dentro de pocos meses hará un siglo que Juárez vino al mundo; dentro de algunos más conmemoraremos el trigésimo cuarto aniversario de su muerte.

Quedan en nuestro país algunos hombres de su época; quizás ninguno de su tiempo.

¿Puede fallarse ya en definitiva?

A mi juicio el mundo lo ha colocado ya en el puesto que le corresponde, que es el mismo que le asigna mi veneración.

Pero hay quienes piensan de manera contraria, quienes lo niegan, quienes lo combaten y quienes lo calumnian.

Los hay hoy, y quizás los haya siempre.

Están en su derecho, porque obedecen a su propia naturaleza.

Pero si este libro no es un fallo, sea al menos la deposición franca y leal de un testigo mayor de toda excepción; que procede con franqueza y sin pasiones; que dice la verdad y nada más que la verdad y toda la verdad.

Ya sé que de Leónidas, crucificado en las Termopilas por haberse interpuesto entre la patria y el invasor, se ha hecho un héroe.

Ya sé que de Espartaco, crucificado por haber intentado libertar a sus hermanos de esclavitud, se ha hecho un mártir.

Ya sé que del Cristo, crucificado por haber querido redimir al género humano, se ha hecho un Dios.

¿Cómo negar la excelsitud de la inmortalidad a Benito Juárez, quien no fue crucificado porque no fue vencido, sino que venció al invasor y salvó a la patria, libró de esclavitud a su raza y redimió a sus conciudadanos?

Si honramos al héroe que cae, honremos más, mucho más aún al héroe que triunfa.

¡Sursum Corda!